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Cuestión de perspectiva

Ahora me duelen las rodillas con los cambios de tiempo, algo que parecía impensable hace unos años. Entonces hacía deporte durante horas. Creo que mañana va a llover. Me estoy haciendo mayor.

La vida pasa y apenas reparamos en lo que nos sucede cada día. Sólo cuando ocurre algo triste, una pérdida, parece que nos detenemos un poco a hacer balance de lo vivido hasta ese instante.

Una de las cosas buenas que tiene ir cumpliendo años es que uno va convirtiéndose en alguien más sabio. Va adquiriendo perspectiva, y la impulsividad de las décadas de juventud generalmente se transforman en serenidad y sosiego. Las decisiones se sopesan en mayor profundidad para después obrar en consecuencia. Esto no garantiza evitar los errores, pero seguramente minimiza los riesgos.

El tiempo me ha servido, entre otras cosas, para aprender a escuchar más y mejor. Porque no siempre quien te habla necesita una respuesta o una solución. Este asunto es algo que me costó entender y me provocó más de un disgusto. Cosas de la genética, por eso del carácter práctico innato que dice la ciencia que poseemos los varones, supongo. Ciertamente, llegar a este punto me ha hecho ver las cosas de diferente manera: todo el mundo necesita ser oído pero pocos escuchan. Es increíble lo feliz que puede hacerse a una persona con sólo prestarle atención un rato y no abrir la boca. Y el aprendizaje es brutal.

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También he aprendido a mirar a los ojos. Porque si la cara es el espejo del alma, los ojos son donde ésta se refleja. Y es que la mirada puede decir mucho, ya que el estado de ánimo rebosa a través de ella y difícilmente puede ocultarse. Por eso quien nos conoce sabe que algo no va bien en cuanto que cruzamos la vista un segundo. ¿Recuerdas acaso la última vez que miraste a alguien a los ojos durante un buen rato? Llevar a cabo este ejercicio durante al menos cinco minutos continuados tiene efectos mágicos, curativos. Este ejercicio repara. Haz la prueba. 😉

Durante estos años ha resultado esencial incrementar mi dosis de paciencia ante lo deseado o esperado. En este sentido, y partiendo de la base de que pongo todo lo que está en mi mano en aquello que me ilusiona, de cierta manera me descargo de la presión añadida -autoimpuesta- cuando pienso que todo llegará en el momento justo. Ni antes ni después. Y aquí resaltar que no se trata de imaginar que un poder celestial me traerá lo que deseo al sofá de mi casa, sino de poner todo el empeño posible en buscar lo que quiero pero sin exigirme de más, evitando así que la maldita ansiedad se haga presente y me produzca tomar malas decisiones. Y si finalmente no tengo éxito, pues a otra cosa, mariposa. ¿Para que perder el tiempo en machacarse? ¡Al menos lo intenté!

Desde niño he tenido el convencimiento de que resulta necesario estar continuamente formándose si se pretende crecer personal y profesionalmente. El tiempo no ha hecho más que reforzar esta creencia. Y aunque el modelo educativo en este bendito país no me ha ayudado mucho, al menos no me ha perjudicado, algo que sí ha hecho con las nuevas generaciones. Y es que los mayores aprendizajes los he adquirido por mi cuenta, perfeccionando aquellas áreas que he considerado que aportan mayor valor en mi vida porque me apasionan y dejando atrás otras menos importantes, desde mi punto de vista. Creo que la clave está en conseguir relacionar ideas y conceptos, entrenar el pensamiento lateral. Y creatividad, mucha creatividad. Se trata de ser más niños, ¿no crees?

La gratitud ha ganado peso en la última década. Son muchas las circunstancias donde mostrarse agradecido, en la mayoría de los casos. Estar presente en aquellos momentos cotidianos hasta el punto de apreciarlos como extraordinarios no es nada sencillo. Tristemente, y volviendo al segundo párrafo, normalmente sólo se llega a ser consciente de la importancia de esos ratos con la gente que se quiere cuando ya no pueden volver a tenerse. Para mí, conseguir darme cuenta de esto ha sido un regalo fantástico.

Por último, he aprendido a ser más egoísta. Conmigo. Por mí. Llegó un día en que decidí que ya no tenía por qué tener en mis círculos a personas que no sumaban sino que restaban. Obviamente, no resultó del agrado de muchos, acostumbrados a ejercer determinados papeles en su vida y en la mía. Pero mereció la pena dejarlos atrás. Hoy, intento rodearme de gente con ganas de vivir y de hacer cosas, con firmes intenciones de cambiar lo que no funciona, generosas, que amen a los suyos y que me quieran bien. En resumen, buena gente. Y, a ser posible, mejores que yo 🙂

Y, con todo lo anterior y más, decido sobre las cosas.

Cuestión de perspectiva.

Un abrazo, Rafa Ferrer.

Seguro que me he dejado algo en el tintero. ¿Qué crees que falta?¿Estás de acuerdo con lo expuesto? ¡Deja un comentario o jamás se sabrá!

Por cierto, si te ha gustado el artículo, ¡¡compártelo!!

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